El inicio:

¿Porqué haces el camino a Santiago de Compostela? Esta pregunta va directamente a la motivación, a definir cuál fue la semilla que provocó que uno decidiera imponerse el reto de caminar una distancia de 830 km.

Porqué uno hace lo que hace, es una pregunta común de mindfulness; requiere hacer una pausa e indagar -a veces profundamente- y puedes encontrarte que el hilo en realidad se entierra mucho más de lo que habías imaginado, hacia el subconsciente, o hacia el subconsciente colectivo, más allá del yo.

Quizá hay una vaga sensación de atasco en la vida. De alguna manera, la vida misma nos pide buscar algo más y los pequeños cambios que hacemos en nuestra zona de confort no logran aliviar del todo esa sombra de frustración o estancamiento. La vida empieza a sentirse rutinaria, y la rutina es resistencia al asombro, así que uno empieza a permitir que, en medio del silencio que hacemos en la práctica, aflore una semilla en algún momento sembrada.

Entonces puede ser que te des cuenta que, como ser humano, estás hecho para moverte, para andar. Como humanos siempre hemos caminado, literalmente por milenios. Es parte de nuestra herencia (real y metafóricamente) así que uno camina por caminos nunca andados en exploración, hacia la cima de las montañas a la elevación, bajo las superficies descubriendo las profundidades y caminos andados por muchos otros, enlazándonos a la comunidad.

Andar el Camino de Santiago es recorrer todos estos. Este objetivo se convierte en el punto de inicio para responder a la necesidad de examinar nuestras propias vidas; a nosotros mismos desde lo más recóndito.

Así que, ¿cuándo se me ocurrió llevar a cabo este viaje? Es difícil de precisar, responde a un llamado silencioso que fue encontrando su expresión, un eco de cavernas que encontró el oído que escuchó. Todo empieza en el silencio y va penetrando por las fibras profundas de la mente. La pregunta de ¿porqué?, es darte cuenta que has habitado un campo de posibilidades infinitas que luego empezó a emerger hacia una colina de posibilidad, hasta que toma forma en la cima de alguna realidad.

Así que de nuevo en la superficie, en la cotidianidad de la vida, me encuentro organizando, junto con mi esposo un viaje... no uno cualquiera, no una vacación, algo más que no sabemos qué será.

Hacemos una alianza con la tradición de la peregrinación, pero que también es una exploración de la experiencia personal, ese es el lugar sagrado al que queremos llegar.

Poco a poco las cosas van madurando para encontrarnos en el hacer: Hay que apartar tiempo y recursos, hasta que llega el día en que las mochilas están empacadas, los pasajes comprados, las fechas reservadas y la emoción, junto con la duda, latiendo. Entonces salimos de casa, y habrá que tener cuidado a dónde nos llevan los pies que salen de la puerta, porque no sabemos en realidad hasta dónde nos llevarán.

Ahora ya somos peregrinos. Primero tomamos el autobús a la Ciudad de México para ser recibidos en el primer albergue de la peregrinación, que es la casa de la tía que nos acoge con alegría y amor. Al día siguiente es el vuelo hasta Madrid España, y nos encontramos en el segundo albergue, la casa de mi hermana, en donde pasaremos algunos días acoplándonos al cambio de horario refugiados en la calidez de la familia.

Tres días más tarde tomamos el tren hasta Irún, una población en la frontera entre España y Francia, en donde inicia oficialmente el recorrido del peregrino que se dirige a Santiago de Compostela por el Camino del Norte.

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En esta postal de recuerdos, busco compartir contigo momentos que, a lo largo del Camino de Santiago, fueron ocasiones para conectar con la comunidad a la que pertenecemos todos los humanos.

Te cuento que tuve la extraordinaria posibilidad de viajar con mi esposo a España para hacer el Camino de Santiago, el cual era un reto que habíamos estado esperando la oportunidad para llevarlo a cabo. Estas oportunidades nunca llegan de la manera perfecta, tú lo sabes, pero si no las tomamos por los pelos mientras van pasando, se nos escapan mientras vuelan por el viento, así que reconocimos nuestras dudas y temores, preparamos nuestras mochilas como mejor entendimos -considerando ser ligeros- y volamos al otro lado del océano.

En estas semanas ¿cómo ha sido para ti? ¿has podido darte cuenta -y quien practica el mindfulness tiene mejores elementos para ello- de las oportunidades escurridizas e imperfectas? ¿has podido soltar cargas para explorar más ligero el camino de tu propia vida?

No siempre será la ocasión de un viaje, Puede ser por ejemplo, que en medio de tu rutina, logres tener la capacidad de reconocer que es importante atrapar la oportunidad de hablar con esa persona, y soltar las cargas de los juicios y rencores para poder conectar verdaderamente con la vida que está frente a tu rostro.
Las oportunidades, ya sean veloces o sutiles, se posan en las manos abiertas, no con los puños cerrados, no con las ideas estancadas.

Las aventuras, podrás imaginar, fueron muchas mientras recorrimos los 830 kilómetros caminando desde Irún hasta Santiago de Compostela, pero una de las cosas más importantes para mi y parte de lo que quiero compartir contigo, es el reconocimiento de qué es lo que llevamos empacado en el corazón mientras caminamos una larga peregrinación o las jornadas de la vida cotidiana. Solemos pensar que son los aditamentos materiales los que más importan, cuando en realidad lo que marca una verdadera diferencia es la capacidad de mantener la mente y el corazón abiertos aún en medio de las dificultades más inesperadas.

Una y otra vez pasamos por esta lección a lo largo del camino, y junto con ella debimos admitir humildemente la importancia vital de la comunidad entretejida que somos todos los seres humanos.

En uno de los primeros días nos encontramos con Carlos, un maestro del país vasco, que apresuró su paso hasta alcanzar a estos dos peregrinos desconocidos andando por el camino y nos invitó a desviarnos para ser llevados a un muy acertado tour por la tierra de su nacimiento. Carlos compartió con nosotros un fragmento de historia de su vida, de su pueblo, del espacio por el que caminábamos, las plantas que nos rodeaban, las vistas que evocan asombro del mar y del bosque. Mientras caminábamos fuera del sendero marcado por las flechas amarillas, nos fue llevando en un viaje por la historia, de un tiempo en la que esa zona en particular tuvo un auge de importancia cultural en la época del art decó en Euskadi, entre otras anécdotas, que iban siendo adornadas por el bosque del monte Ulía mientras conversábamos caminando. Nuestro encuentro fue inesperado, breve y tremendamente enriquecedor.

Una de las cosas que nos presenta el camino, es la oportunidad de detenernos a escuchar a otro, permitir salir del camino para enriquecerse con lo inesperado. Frecuentemente es en lo que uno no ha anticipado en donde surge la oportunidad de ver una lucecita, como una luciérnaga en el camino, que abre un espacio de agradecimiento que uno no había anticipado.

Otro día, mientras llevábamos caminando en ayunas un buen rato -por falta de previsión- por un camino con pendientes lodosas y resbaladizas en un día lluvioso por el bosque tupido, alcanzamos con cierto esfuerzo a Antonieta, una muchacha de la República Checa. Nos admiramos en secreto de su porte amateur, rayando en lo precario, para luego ser recipientes de la lección de que la mayor expresión de la riqueza no es el exterior sino la generosidad, ya que en una curva del camino nos obsequió con pan, queso y tomate a dos Mexicanos hambrientos, que nos lo zampamos con entusiasmo mientras la lluvia caía con alegría. Antonieta además reveló ser una muchacha de una convicción religiosa magistral, que hacía el camino siguiendo las enseñanzas cristianas, sin sospecha o recelo. Más adelante compartimos la cena y el albergue con ella en el Monasterio Cisterciense de Santa María de Zenarruza para, al día siguiente, desaparecer antes de que saliera el sol por el camino que andamos detrás de ella. ¿Qué tan difícil es tener la humildad para admitir que el bcaminando haciendo conexionesienestar depende de la red de otros? A veces nos sentimos autosuficientes y olvidamos que somos profundamente interdependientes. Si somos capaces de reconocernos unos a otros totalmente entrelazados, la generosidad se convierte en el lenguaje común, más allá de países, creencias religiosas o nivel social, el Camino de Santiago nos iguala a todos para develar totalmente al desnudo esta verdad. Para mi este es un recordatorio que vale la pena compartir.

A lo largo de los días y kilómetros también aprendemos que cada quien lleva su paso y su ritmo, pero en alguna parada, todos nos encontraremos. A veces pensamos que vamos solos, y nos sentimos apartados, aislados. Así que, si bien la marcha personal es diferente, es en el encuentro con la comunidad fraternal en donde se logra estar a salvo.

Recuerdo también el día que caminamos un poco más de 37 kilómetros partiendo de Liendo hasta llegar al icónico albergue en Güemes, “La Cabaña del Abuelo Peuto”. Ese día fuimos hospedados con al menos otros 65 peregrinos que llegaron a su paso, en su momento, la mayoría antes que nosotros. Si a lo largo del camino hay un lugar en donde la expresión de la comunidad es esencial, es éste. El mayor dolor que hay en el mundo actualmente es la desconexión. Todos tenemos la necesidad fundamental de sentir que pertenecemos, de sentir que estamos conectados a una comunidad. En Güemes se vive el encuentro solidario con quienes nos encontramos en el camino de la vida. Nosotros llegamos exhaustos y ampollados, pero con sorpresa y entusiasmo nos fuimos encontrando con muchos peregrinos con quienes habíamos compartido etapas anteriores, y conocimos a otros tantos con quienes compartiríamos etapas posteriores, concurriendo con la cena, la tertulia y el descanso reparador. La filosofía en Güemes, liderada por el Padre Ernesto, deja una huella tan profunda y entrañable como el llegar a Santiago de Compostela. Una respuesta a la búsqueda de quienes peregrinamos la vida.

La vida moderna nos provee de una gran variedad de bienes de consumo, que sin duda han facilitado mucho nuestros quehaceres, pero al mismo tiempo nos han desconectado, de nosotros mismos y de otros, así que algo común de quienes hacemos el camino es una búsqueda... de algo que no nos han dado ni las tecnologías ni los estudios académicos.

Espero que mientras lees mis recuerdos de esos días, puedas sentir la conexión que tenemos aquí la escritora y ahí el lector, porque más allá de las letras y símbolos, o el medio por el que lees, estamos resonando juntos con las preguntas que nos hacemos, con los recuerdos y anhelos que han sido evocados de tu propia vida y experiencia, mientras te cuento de la mía.

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A lo largo del camino nos topamos con frecuencia en la encrucijada de no saber. Frente a nosotros se abren dos opciones: por un lado la oportunidad de liberar y por otro lado la oportunidad de confirmar.
Como humanos evolucionamos de los mamíferos que tienen la propensión natural de no estar bien ante lo
desconocido, porque huele a peligro. Nuestro cerebro está listo para interpretar que estos instantes de incertidumbre se conviertan más bien en momentos de amenaza que de crecimiento. El registro que guardan nuestros genes es que es más importante sobrevivir que aprender.

Llegamos a Irún alrededor de la una de la tarde. El plan original era encontrar hospedaje en éste punto inicial, el cual considerábamos que sería el albergue municipal, pero no contábamos que a esa hora estaba cerrado y no abriría sino hasta las tres de la tarde.

De repente, lo que surge en la mente, como si nos brincara encima un sombrero invisible que envuelve la cabeza es la duda, que nos dejó deambulando por la ciudad sin un objetivo concreto. Seguramente tú sabes cómo es esa sensación de no saber: la atención está alerta y expectante; todo se enfatiza porque además te encuentras en un lugar que no conoces, vaya ¡ni siquiera sabes la dirección a cuál dirigirte! Así que abres bien los ojos y buscas señales, mientras el corazón late con fuerza en el pecho.

La mente que no sabe es temerosa y escurridiza; en general no nos gusta a los humanos esta sensación, pero si la has reconocido con mindfulness, puedes encontrar que es en el espacio de no saber donde la creatividad germina, en donde la valentía brinca con entusiasmo y en donde la equivocación no es tan amenazante.

Caminamos unas cuadras hasta que decidimos que era buena hora para comer y así hacer tiempo hasta que nos pudiéramos registrar. Pero la inquietud ya estaba sembrada, por lo que decidimos avanzar 19 km de distancia hasta la siguiente población. Era el primer día y el entusiasmo ya corría por las venas, sobretodo de Oscar que insistía que se sentía super hombre como para arremeter con cualquier camino, veloz y gozoso.

Así puede ser la mente del principiante y es una buena mente para iniciar: los desafíos pueden verse con entusiasmo y aventura, o con recelo y temor; y esta perspectiva inicial puede hacer mucha diferencia. Para mi, esta influencia positiva de mi esposo fue justo lo que necesitaba para no permitir que la incertidumbre nos detuviera.

Así que, ya avanzada la tarde, salimos buscando las flechas amarillas. Quien hace el Camino a Santiago va familiarizándose con estas señales que buscamos en momentos de no saber, para convertirlos en una especie de juego de atención y confianza. Cuando llegas a una encrucijada, a un desvío, a una vuelta y vuelves a sentir ese sombrero de duda, la invitación que hace el camino es abrir el corazón a la confianza y abrir los ojos con atención. Por un momento suspendes el empuje con el que tus pasos marchan porque te encuentras otra vez en el territorio de no saber, que te acompañará continuamente. Conforme los kilómetros pasan se va desperezando la confianza en la red de peregrinos que han andado por ahí antes que tú, y han dejado una señal para que no pierdas la dirección, y también se va despertando el juego de observar, porque las señales las encontrarás en las piedras del piso, en los troncos de los árboles, en las bardas o banquetas, más arriba, más abajo, un poco adelante, un poco atrás de donde estás.

Cuando eres un novato haciendo el Camino a Santiago, no saber es una de las principales experiencias que se escabullen bajo tu sombrero de peregrino. Olvídate del lodo o el cansancio: no saber se convierte en tu nuevo compañero. Además de no saber si el cuerpo, los pies, la salud y la fortuna serán tus aliados, nos iremos encontrando con otras muchas incertidumbres; una de ellas era si encontraríamos espacio en el siguiente albergue.

La verdad es que no somos unos héroes de la incertidumbre, pues es importante considerar que tanto es tolerable. Caminar te invita a ser transigente y no esperar nada seguro, pero eso no significa que no te anticipes y seas previsor. Para nosotros el saber cómo va a estar el camino o qué vamos a comer, no es tan importante como que finalmente vas a poder llegar a una cama para descansar; eso era lo importante. Además, como estábamos saliendo ya tarde, tuvimos la precaución de llamar con anticipación al albergue en Pasajes para reservar.

Con esta tranquilidad caminamos por el bosque hasta llegar a Pasajes. El camino estaba húmedo y lodoso, el cielo cargado de nubes obscuras, pero el sendero era de verdad bonito. Llegamos a pasajes mientras comenzaba a caer una ligera lluvia. No bien nos acercamos a la puerta, el hospedero nos anuncia que no hay lugares, que el albergue ya estaba lleno. “¡Pero he hablado por teléfono antes!,” me escuché decir con sorpresa y preocupación. Pues sí, había todavía una cama disponible y un colchón extra que acomodaron en el área del comedor y que esperaba nuestra llegada. ¡Qué bueno que habíamos llamado antes!, porque justo unos minutos antes habían mandado a otros jóvenes peregrinos a seguir caminando porque ya no había lugar. En ese momento empezó a llover fuertemente. Nos acostamos sin cenar, pues no habíamos considerado llevar comida, pero nos sentíamos a salvo, seguros, ya bañados y resguardados mientras las gotas de lluvia golpeaban sin cesar afuera.

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A la mañana siguiente salimos del albergue con el estómago vacío pues a esa hora no encontraríamos nada abierto para abastecernos. Frente a nosotros solo estaba el reto de las escaleras, el camino y el no saber qué ni cuándo comeríamos. No saber te invita a ser flexible, a confiar y, efectivamente, en un momento crucial encontramos nuestro desayuno.

El itinerario que planeamos era caminar unos 24 km, cruzando Donostia San Sebastián hasta llegar a Orio, así que nuevamente llamamos con anticipación al albergue para anunciar que llegaríamos. De nueva cuenta fue una apuesta ganadora porque, como el día anterior, al llegar al albergue nos anunciaron que estaba lleno, pero por fortuna nuestra litera estaba esperando nuestra llegada. A partir de entonces esta estrategia fue la que implementamos para casi todas las etapas.

Más adelante tendríamos que aprender otras lecciones, referentes a la comida, a los pies y las ampollas, al peso que cargamos en la mochila y más, mismas que ya te iré contando.

 “El rito está animado por un poder inmanente, una especie de virtud espiritual.” Marcel Mauss

Otra de las cosas que se revelan caminando a Santiago, es nuestra tendencia natural en todos nosotros los humanos de ir creando rituales conforme vamos transitando los instantes en la vida y las sorpresas que lo acompañan.

Con mindfulness voy dándome cuenta de éste tipo de cosas, que antes pasaban en automático, pero ahora mi mente va despertando a pequeños detalles inesperados (rostros y flores). La verdad es que cuando empezamos con esta aventura, no tenia una idea pre concebida no había pensado con anticipación como podría hacer que un reto físico, con cierta complicación logística, fuera posible transformarlo en un andar espiritual, porque visto llanamente es solo caminar y ya, para luego, al fin y al cabo, dejar que el camino me enseñe, y supongo que el camino te va enseñando y solo tienes que poner atención a lo que te está mostrando.

Así pues descubro que hay algunas cosas nos acompañan toda la vida, como esta tendencia a crear rituales, que embullen de significado lo trivial cuando se reconoce que es algo importante. A través del rito se despierta el poder, la capacidad transformadora de mirar el mundo en una celebración.

Estos ritos particulares que se fueron desarrollando, consistían en hacer una pausa consciente, poner atención para abrirnos y dejarnos conmover con los rostros de los hospederos y las flores del camino. Dos encuentros cotidianos, que fácilmente pasan desapercibidos si no sabes poner atención. Son similares en su belleza única, frugal, y en que son la punta del iceberg de historias ancestrales.

Estacionados en los albergues, los hospederos reciben cientos de peregrinos que pasan una noche, y al día siguiente ya se han ido: sombras olorosas y cansadas; exigentes y agradecidos al mismo tiempo. Y justo afuera, enraizadas a lo largo del sendero, las plantas sienten pasar las vibraciones de las pisadas de cientos de peregrinos que las dejan atrás, mientras caminan por su vida de aventuras y esfuerzos, así que abren sus pétalos para sentir el movimiento de los insectos, del viento, del aliento que nos entrelaza.

Notar los rostros de quienes nos reciben, intuir las historias que se reflejan en sus ojos mientras abrimos alguna conversación con ellos, y en vez de hacer un desaparición furtiva en la mañana, pedirles una foto para registrar los instantes de eternidad compartida.

Luego, alguna flor del camino encontraría la manera de trepar hasta mi sombrero para viajar un día entero acompañándonos hacia otras praderas, como lo hacen los insectos y el viento.

Los rituales nuevos que vamos haciendo los peregrinos, pueden convertirse rápidamente en acciones automáticas e inconscientes que van desdibujando la consciencia de la vida, a menos que estés dispuesto a refrescarlas con la intención de hacer una colaboración con la fuerza de la voluntad creadora, y así ser partícipe de la grandeza del universo.

Nuestros rituales fueron surgiendo orgánicamente, rasgando nuestras mochilas para transformarlas en alas dimensionales que nos hicieron volar por encima de la superficie pero profundamente conectados con los hermanos hombres y las hermanas flores.

Fue como por el segundo o tercer día, que mientras íbamos caminando notamos que una mujer paseando por el sendero que costeaba la playa, iba recogiendo flores silvestres en el camino. Ella iba bastante más adelantada que nosotros, pero me daba cuenta como de vez en vez se detenía para incorporar a su ramillete alguna otra flor que asomaba su rostro por entre la maleza de la orilla del camino.

Poco a poco fuimos acortando la distancia que nos separaba y mientras yo iba muy atenta notando las flores que había seleccionado, identificando las mismas del camino y descubriendo nuevas que ella había pasado por alto. La cuestión es que pensé en cooperar con su ramillete, así que también detuve mi propio camino para arrancar de su planta una flor que me pareció hermosa y que podría bien completar su ramillete.

No hubo oportunidad de regalarle esta flor en particular, la perdimos en alguna vuelta del camino, así que me quedé con ella en las manos, me giré hacia Oscar con una sonrisa y le dije que esa flor había pensado regalarla como una ofrenda, pero quizá ésta flor en realidad deseaba caminar al otro valle y yo me había convertido en sus piernas, así que le pedí la acomodara junto mi oreja. Tomo la flor de mis manos mientras me devolvía la sonrisa y la sujetó en mi sombrero de peregrino.

A partir de ese día, y cada día de nuestro camino, nuestro rito fue que en algún momento de la mañana me encontraría con una nueva flor a la orilla del camino, y la hacía subir hasta mi el costado de mi rostro en complicidad con Oscar. Se convirtió en un momento sagrado de comunión entre nosotros y la naturaleza del camino. Un escuchar el llamado mudo de participar con otras voluntades, también invisibles y que solo pueden ser intuidas.

Nuestro ritual con los rostros fue Oscar quien lo trajo a la vida. Con su carácter amigable y generoso, supo desde el primer día conectar totalmente franco y hermoso con el otro ser humano que nos recibía para refugiarnos de la lluvia, de la noche. Sin dejar pasar desapercibido su esfuerzo, su historia, conectamos para conocer qué es lo que lo motivaba a estar ahí, estacionado en la orilla viendo pasar el flujo constante de peregrinos, como peces llamados por la fuerza de la naturaleza que nadan subiendo por el río hacia su destino. Ellos son a la vez nuestros testigos, pero más que eso, nuestros benefactores. El camino está dispuesto a mostrarte ésta conexión solidaria con los rostros de los hospederos, sonrientes y cansados.

Los hermosos rostros que nos reciben han sido ellos mismos peregrinos en otro momento, y ahora el agradecimiento se manifiesta en su generosidad altruísta al acoger al caminante. Pero son algo más que el rol que protagonizan en ese momento, son historias que con nuestro ritual aprendimos a hacer entrañable más allá de las palabras y los conceptos.

Mira en éste collage a ver si puedes saber de tu propia manera, captar éste espíritu del que hablo:

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Nayeli caminando con perros

Esta mañana he despertado con una pequeña deficiencia de sueño. Nada grave, pues el fin de semana dormí suficiente, aunque también es cierto que en estos días en que el calor ha estado extremo, la deshidratación nos hace sentirnos más cansados.

A pesar de que el día es claro, y se espera otro día de calor y sol, mi estado de ánimo inicia francamente abatido. Apenas y tengo energía para hacer mi práctica de yoga, y sólo termino por terminar, sin mucho entusiasmo por ello, sin esfuerzo y sin flexibilidad. Pero termino.

Estoy de mal humor.

Salgo a caminar con los perros con poca o nada paciencia hacia ellos, a sus jalones para estudiar con profundidad un olor en alguna parte del camino. Me irrita que se detengan en seco. Mi caminar no es rápido, es más bien un caminar resignado y molesto.

Me doy cuenta que ellos no tienen la culpa. Afortunadamente, su actitud no cambia; siguen felices de caminar y sacar sus narices de paseo.

Siento mi rostro serio y enojado. Soy mindful de como siento la tensión en mi cuerpo, el entrecejo fruncido, la boca seria casi con desprecio. No me importa. Estoy de mal humor. Aunque una parte de mi se siente culpable porque no comparto con mis perros el gozo del paseo, porque los regaño y les limito las exploraciones olfativas.

Al llegar a casa me dejo caer en el asiento para quitarme los zapatos. Todo me irrita. Pero lo estoy permitiendo. Esta sensación desagradable está aquí... no recuerdo como es estar de buenas. No me importa.

Empieza a asomarse una extraña tristeza por este enojo. Una parte de mi, muy pequeña todavía, empieza a sentir compasión por el enojo. Está ahí. La noto pero es muy pequeña, el enojo continúa.

Me enfrento a las horas del día sin entusiasmo, mas bien con pesadumbre y fastidio. Reconozco mi hábito, el deseo de evasión. Sin embargo tengo cosas que tienen que ser atendidas, mi desayuno y el de los perros. Ojalá no fuera así, pero no hay escapatoria.

Investigo: ¿qué hay más profundo en este estado de ánimo? ¿porqué estoy de malas? Estas preguntas van en sentido contrario a mi inicial deseo de evasión, pero ya las he formulado. Ahora no puedo dejar de investigar... ¿qué pasa?

Si pudiera mandar todo al carajo, lo haría; incluso este ver profundo. Sólo encuentro silencio, un poco aliviada, porque eso permite que el fastidio continué; aunque no del todo, ahora me doy cuenta nuevamente que hay más compasión por este sentimiento. “ojalá no fuera así, ojalá estuviera bien, ojalá fuera feliz”

Esta compasión da espacio a una respuesta que empieza a asomarse. Lo que hay abajo de esto es temor. Tengo miedo a lo que viene: Me enfrento a ciertos cambios en mi agenda, y en mi economía.

La práctica de la atención plena (mindfulness) no significa que los malos días, los estados de ánimo desagradables, las dificultades, no sucedan. Simplemente me hago más consciente de que están ocurriendo, como es el caso ahora con el enojo. En un primer análisis uno se topa de frente con sus expresiones, justo ahí, justo ahora: cómo se siente mi rostro, cómo se siente mi cuerpo y su energía. Hay un reconocimiento que lo permite, y lo acepta... Curiosamente esto parece abrir la puerta para ver un poco más a profundidad algunos aspectos del enojo, por ejemplo, cómo afecta a otros. Cómo actúo con mis perros: con fastidio, con enojo, con intolerancia. Y sigo consciente del efecto hostil en mi y su respuesta inocente de parte de ellos.

En este primer momento también me doy cuenta claramente cómo el enojo lucha por mantenerse y fortalecerse, encontrar razones, o justificaciones (no necesariamente razonables) de su manifestación: “hace calor, no he dormido bien, nada sale como debería, me voy a quedar sin trabajo... etc.”

Este primer nivel de reconocimiento es verbal de las causas y condiciones burdas manifiestas. Y claramente puedo ver cómo la irritación es como la sombra sobre un muro de una figura mucho más pequeña. (Recuerdo una escena de JRR Tolkien: Sam sube las escaleras de Cirith Ungol para rescatar a Frodo, mientras su sombra se proyecta en la pared como un gran guerrero que viene a acabar con los orcos. Se ve más fiero de lo que realmente es. Así es este mal humor seco y reseco dentro de mi)

Toparme con la realidad del amor incondicional de mis perros, con su alegría sin sospechas, hace que me sienta un poco culpable de mi brusquedad y fastidio, aunque sigo sosteniendo el enojo sin que ceda. Es como si la ternura intentara colarse por algún recoveco de mi conciencia oscurecida. El simplemente darle espacio a esta obscuridad le da cabida también a estas grietas por donde intenta colarse algo más... la compasión.

El enojo no es un estado de ánimo que se rechaza o se empuja. Se acepta y se recibe. Se observa porque tiene un mensaje para mi.

Empiezo a darme cuenta de un segundo nivel: Abajo de este enojo hay temor, miedo de lo lo que sigue, del futuro incierto.

Y ya no hay vuelta atrás. La irritación sigue luchando por prevalecer, los viejos hábitos que la sostienen intentan activarse, ese hábito de evadirme, de no conectar realmente, de no ver. Pero como digo, ya no hay vuelta atrás, la compasión, ese deseo que conecta con el dolor del sufrimiento y con el amor que desea el bien, se ha hecho presente a pesar de todo.

Esto da espacio a algo mucho más profundo. Sí claro, en primer análisis hay miedo del futuro, de la incertidumbre. Pero la verdad es que hay algo más, algo más antiguo. Me doy cuenta de que este temor al futuro es otra justificación. Sí hay temor, pero mi temor es no ser suficientemente buena como para ser aceptada y reconocida. Es una lucha infantil de ser querida, reconocida y aceptada por mis padres, y haber sentido en algún momento que no fue así. Es una herida vieja que ahora puedo atender con ternura.

Entonces así se van despejando varia capas; abajo del enojo del calor y el cansancio, está el temor a lo incierto, pero abajo del temor a lo incierto está un temor y un dolor. A no ser suficiente.

Ahora puedo atender esto. Ahora que lo veo tengo las herramientas en mi conciencia para lidiar y ver claramente. Este es el poder de mindfulness. Deshizo el enojo y el fastidio descubriendo el temor más profundo, sin empujarlo ni rechazarlo, sino recibiéndolo totalmente y amorosamente.

La práctica empieza a surtir efecto; los momentos difíciles no dejan de suceder, los asaltos de emociones turbulentas no dejan de suceder, pero ya no soy secuestrada todo el día por ellos, sino que son la puerta del aprendizaje personal. Tal como lo hacemos en la práctica formal de meditación. Surge, está presente y se desvanece.

Y cuando se desvanece realmente, he aprendido a soltar y dejarlo ir, llegando así la luz a espacios internos que habían permanecidos ocultos, acariciando heridas antiguas, llenándolas de descubrimientos, amor y compasión.